Una vez vino Peter Pan a mi casa: "Para volar sólo tienes que tener un pensamiento alegre". La verdad que pensamientos alegres tengo unos cuantos. Pero no estaba de humor, más que nada, porque tenía que currar al día siguiente. "Anda Peter, siéntate aquí conmigo un ratito".

Le hablé a Peter de la facultad, de los estudios que se te pegan al culo como un grano. Le hablé de responsabilidades, de facturas, de hipotecas, de hacienda. Le hablé del trabajo, de la independencia, de impuestos. Él me miraba con ojos desorbitados: "¿Aquí todos son como Garfio?".

Me hizo pensar...y sí. Lamentablemente aquí todos somos ya Garfio. Temiendo al tiempo que ha de llegar (tic tac), ocultando nuestro verdadero ser tras kilos de maquillaje y de postizos, basuras de la sociedad que nos impregnan irremediablemente. Nos empeñamos en emponzoñar al Peter Pan que llevamos dentro.

No puede ser. ¡¡ESTO NO PUEDE SER!! ¿Acaso nos hemos dejado arrastrar tanto como parece? Me resistía a creerlo. Incluso yo, que nunca quise crecer, soy como Garfio. Tengo que parar esto. ¡Tengo que pararlo!

Piensa, piensa...¡ten un pensamiento alegre! ¡ten un pensamiento alegre!

...

...

Uf...por fin. El suelo a mis pies. Aún tengo esperanzas. A partir de ahora, tendré un pensamiento alegre cada vez que me levante. Al menos así, Garfio sólo se apoderará de mi exterior, pero nunca de mi interior.