Después de haber sido apaleado vilmente en los comentarios anteriores (yo también tengo mi corazoncito, ¿sabéis?) voy a contaros algo que les ocurrió a dos amigos (ella y él) en su luna de miel.

En concreto estos amigos, Ana y Sergio, son de Cádiz. Llevaban ya mucho tiempo saliendo y el año pasado finalmente se decidieron por contraer matrimonio en la capillita del Carmen, mundialmente conocida en Cadiz City.

Sergio es, como yo le digo con cariño, el estereotipo de gaditano. Tiene una barquita llamada Ana (qué bonito), le encanta pescar, es del Cádiz, canta en una comparsa... en fin. Es un crack. Y uno de mis mejores amigos.

Ana, por el contrario, es una gaditana atípica. Y creo que por eso precisamente se complementan. El padre de Ana está bien posicionado. Creo que es dueño de una fábrica o no se qué. Pero afortunadamente no es una niña pija (sino la odiaría).

Recuerdo aún la boda. Fue increíble. De lo que no me acuerdo muy bien es del convite. Demasiado alcohol, creo.

Por donde iba. Al volver del viaje de novios Sergio me contó una historia muy divertida que les pasó a él y a Ana y paso a relataros (espero que con tu consentimiento jeje no me mates eh).

Como os dije antes, el padre de Ana tenía mucho parné. Vamos, que está montado en el taco. Tanto es así que tiene un pequeño yate, ni más ni menos. Como regalo de bodas les prestó el yate para que fueran haciendo escala por todo el Mediterráneo y así de paso tener una luna de miel inolvidable. La verdad que el regalo triunfo, porque a Ana se le saltaron las lágrimas cuando el padre se lo dijo (según me contó después, claro).

Sergio, pescador empedernido, no pudo evitar llevarse la caña de pescar. Para quien no lo haya probado, pescar en alta mar es una experiencia fabulosa. El mar totalmente en calma, el silencio... una maravilla, vamos.

Y aquí da comienzo la historia. Sergio no podía parar de reír cuando me la contaba. Según parece, Ana estaba en la proa (¿o la popa? bueno, en el borde del barco jeje). De pronto Sergio escucha un grito y a Ana llamarle a viva voz. Al parecer, Ana había empezado a juguetear con el anillo de casada, con tan mala suerte que se le escurrió entre los dedos y dio a parar al mar.

¡Imaginaos el desastre! Ana estaba desconsolada. Sergio intentaba calmarla diciéndole que no se preocupara, que a la vuelta comprarían un anillo mejor (esas cosas que decimos los hombres para que una mujer deje de llorar). En fin, después de un par de horas, Ana pareció calmarse. Mientras tanto, Sergio había pescado una dorada de considerable tamaño, perfecta para la cena de esa noche.

Sergio se puso a leer mientras que Ana preparaba la cena. Dorada a la plancha. Deliciosa. Como sabréis, cuando se prepara pescado tienes que quitarle las visceras, limpiarlo bien. Total, que Ana cogió diligente su cuchillo, lo hundió en las entrañas de la dorada e hizo un largo corte.

¿Y a qué no sabéis qué apareció entre las visceras del animal?

Para descubrirlo, seleccionar texto a partir de aquí: ¡¡¡EL BOLLICAO!!!

Para los que se pierdan, leed primero esto.

Muchos abrazos a todos y gracias por las 2000 visitas, de verdad.

Os quiere, un cabronazo muahahahaha.


Escuchando Elephant de Damien Rice