Llevo unos días en los que tengo hambre cada dos por tres. Ayer, de madrugada, decido hacerme un bocata de atún. Es lo más socorrido. ¿Hambre? Una biena, una lata de atún...y a disfrutar.

Presto fui al frigorífico a por la lata. Abrí la puerta cual buitre leonado y recorrí las baldas de arriba a abajo a máxima velocidad. Al final, en la esquina del todo, ahí estaba. La lata. Plateada y frágil, con el rocío cayendo por su superficie, invitándome a abrirla de par en par y a saciarme con su contenido.

Con tal convicción alargué la mano, moví el bote de mayonesa, desplacé con rapidez la lata de mantequilla y la agarré con firmeza. De pronto, la lata pareció dar un respingo. Imposible, me dije, debe ser la falta de sueño.

Pero no. La lata dio un salto y se incorporó. Me miró con unos diminutos y cabreados ojitos y me dio un manotazo en el dedo.

- ¡¿Qué coño haces?! ¡¿A qué juegas?!

No daba crédito. ¡Una lata de atún me estaba hablando! Tengo que dejar de fumar ciertas sustancias no permitidas...

- ¿Es que acaso no sabes qué hora es?
- ¿Me estás hablando a mí? - no pude evitar recordar a Robert de Niro y reirme estúpidamente ji ji ji.
- No, a tu puta madre.
- ¡Eh! ¡No te pases! Te recuerdo que sólo eres una lata de atún.
- Claro. Y eso te da derecho a despertarme a las tantas de la madrugada e intentar matarme.
- ¿Matarte? ¡Eres una lata de atún! Te compré para algo, digo yo. Tu fin es acabar dentro de mí y pasar a formar parte de los nutrientes de mi cuerpo.
- Tío, ¿en serio hablas así de verdad?
- Mira quien fue a hablar...una...lata...de atún.
- Oye, no son horas, ¿vale? Tengo sueño, necesito descansar, he tenido un día muy duro.
- ¿Duro? ¿Tú? ¡Pero sí eres...!
- ¡Ya lo sé, pesado! Una lata de atún. ¿Es qué no sabes decir otra cosa?
- Pongas como te pongas, haya explotado la neurona que me haya explotado que me ha hecho verte hablar, voy a abrirte y a hacerme un bocata contigo.
- No te enteras de nada, macho. Anda, espera...

La lata se da media vuelta y parece buscar entre las hojas de una lechuga. Al final, encuentra lo que buscaba y se gira, sonriente.

- Toma, lee.
- ¿Qué lea? Joder...a ver...es que la letra es muy pequeña.
- No seas remilgado. Lee de una jodida vez.
- Sindicato de latas en conserva. Párrafo primero. Se establece un horario de trabajo de 6 de la mañana a 12 de la noche, ininterrumpidamente. El resto de horario es horario no laboral...¿Esto va en serio?
- ¿Tú que crees?
- ¿Desde cuándo las latas de atún pertenecen a un sindicato?
- ¡Eh! Nosotras también tenemos derechos, ¿sabes? No todo van a ser obligaciones.
- ¿Pero de qué obligaciones me hablas?
- Tenemos una jornada laboral de 18 horas, ¿te parece poco?. Os proveemos de comida durante todo el día, nuestra gente muere en masa a diario para saciar vuestras necesidades más básicas. ¿Y no se nos permite ni siquiera un descanso como a todos?
- ¡Pero si eres una lata de atún!
- Y tu un mamífero bípedo bastante feo y no te lo echo en cara, no te jode. Mira, colega, son las 3 de la madrugada. Entro a currar dentro de 3 horas. Vete a dar por culo a otra parte, guapo.
- Pero...
- Ni peros ni hostias. ¡Que te vayas ya, pesao!

Y sin mediar palabra, se da media vuelta y vuelve a su posición habitual, la posición habitual de cualquier lata en conserva. No me lo podía creer, ¿una lata de atún me había echado cojones? ¡En mi propia nevera! Dentro de poco me veré a las patatas congeladas afiliándose al PP y haciendo una manifestación. Lo que hay que ver...pues nada, me quedo sin bocata de atún. A tomar por culo. Mejor será que me vuelva a dormir. No vaya a ser que haya rebelión en la cocina.


Escuchando Stay with you de The Goo Goo Dolls